La coherencia como ventaja competitiva

Lorena Benavides

Vivimos en una época en la que la visibilidad y la imagen se han convertido en moneda de alto valor. Las redes sociales y las tendencias del mercado, nos invitan a diferenciarnos y a construir una marca personal. Las organizaciones hablan cada vez más de propósito y los líderes son observados con agudeza, dentro y fuera de sus organizaciones.

Sin embargo, en medio de tanta exposición, que para muchos resulta altamente aspiracional, existe un activo del que se habla poco, quizás porque es más silencioso, menos visible y más difícil de construir, pero infinitamente más valioso: la coherencia.

Durante años el mundo corporativo ha asociado la ventaja competitiva con atributos como la tecnología, la innovación, el conocimiento técnico o la capacidad de adaptación. Sin duda, todos ellos son importantes. Sin embargo, la coherencia entre lo que se cree, lo que se dice y lo que se hace sigue marcando la diferencia entre quienes construyen confianza sostenible y quienes capturan atención momentánea.

He dedicado gran parte de mi carrera a trabajar con líderes, equipos y organizaciones. Y si hay una conclusión que se repite una y otra vez, es que las personas rara vez siguen discursos. Siguen ejemplos.

En los últimos años hemos visto cómo han proliferado los rankings, los premios, las portadas y las entrevistas; una visibilidad al mundo corporativo que se agradece y que es digna de apreciar. Sin embargo, muchas veces me cuestiono si la imagen que las portadas o los premios proyectan de una empresa o de una persona, va alineada con la experiencia de quienes trabajan allí o con la opinión de quienes trabajan con ese líder en el día a día. Definitivamente ¡Un gran reto por lograr!

En el liderazgo, la coherencia es el fundamento de la credibilidad. No importa cuán brillante sea una estrategia de marca o cuán inspirador sea un discurso, si las decisiones, los comportamientos y las prioridades cuentan historias diferentes. Las personas perciben rápidamente esas inconsistencias y cuando aparecen, la confianza y la credibilidad comienzan a erosionarse con rapidez.

Lo mismo ocurre con la cultura organizacional. Muchas empresas invierten tiempo y recursos en definir valores corporativos impecables. Sin embargo, la verdadera cultura no está en los afiches, los manuales o las presentaciones que reconocen a los grandes empleadores. Está en aquello que se premia, se tolera y se corrige en lo cotidiano.

La identidad real de una organización está en las conductas que sus líderes promueven cuando se gana y cuando se pierde, en la forma en que comparten con sus equipos, en el lenguaje que utilizan para reconocer y para corregir y en las decisiones que toman cuando los resultados y los valores parecen entrar en tensión. Es precisamente ahí donde la coherencia deja de ser un concepto aspiracional para convertirse en una ventaja competitiva tangible.

Algo similar sucede con la marca personal. Más allá de entenderla como una estrategia de posicionamiento, esta se construye y consolida en el tiempo como consecuencia visible de una identidad auténtica, persistente y consistente. Es el resultado de la interacción permanente entre una persona y su entorno.

Existe una frase de Maya Angelou que resume magistralmente esta idea: “La gente olvidará lo que dijiste, olvidará lo que hiciste, pero nunca olvidará cómo la hiciste sentir”.

Me encanta utilizar esta reflexión para explicar a mis alumnos la importancia de un liderazgo que inspira, que enseña con firmeza y al mismo tiempo, con afecto. Porque la influencia de un líder que genera aprendizajes, ejemplos y enseñanzas que perduran trasciende mucho más que el paso por una empresa, más una portada o un premio; genera un vínculo de admiración y gratitud que acompaña de por vida.

Desde mi perspectiva, la coherencia tiene además una dimensión más profunda. Como creyente, encuentro en ella un principio fundamental de vida: La integridad - la coherencia, no consiste en ser perfectos. Consiste en procurar que nuestras decisiones, nuestros valores y nuestras acciones estén alineados, incluso cuando nadie nos observa y cuando hacerlo implica asumir algunos costos.

En un mundo que premia la inmediatez, la coherencia requiere perseverancia y consistencia.

En un entorno que valora las apariencias, la coherencia exige autenticidad y auto regulación.

Y en tiempos de incertidumbre, la coherencia se convierte en una fuente de confianza y credibilidad que perduran.

Es así que con el paso de los años,  he llegado a una convicción simple: la coherencia no solo es una virtud personal; es una ventaja competitiva. Quizás por eso considero que el liderazgo del futuro no dependerá únicamente de la inteligencia artificial, la transformación digital o las nuevas metodologías de gestión. Todo ello seguirá siendo muy importante. Pero las organizaciones y las personas seguirán necesitando algo absolutamente humano y que ninguna tecnología puede reemplazar: líderes confiables.

Líderes cuya conducta respalde sus palabras y cuyo comportamiento en el tiempo se convierta en el verdadero emblema de su marca personal. Líderes que entiendan que la autoridad se construye antes desde el ejemplo que desde el cargo.

Líderes que comprendan que la reputación no es algo que se gestiona; es algo que se merece.

Porque al final, la verdadera marca personal no es lo que publicamos. Es lo que dejamos en la vida de las personas cuando ya no compartimos la misma sala.

Los cargos terminan, los premios se olvidan, las portadas pasan. Pero el impacto que generamos en otros permanece. Y esa huella, para bien o para mal, siempre será el resultado de nuestra coherencia.

 

Lorena Benavides Ascarrunz

Especialista en liderazgo y gestión de personas

119PortaditaDiciembre

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